PRINCIPIOS Y VALORES INSTITUCIONALES

Principios
Fundamentales

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El Centro de Estudios Freudianos apoya su estructura institucional sobre tres pilares. En primer lugar, los hechos de la vida anímica inconsciente descubiertos por Freud. Entre las numerosas cualidades salientes del creador del psicoanálisis destacamos su erudición, su inteligencia, su sensibilidad y su espíritu aventurero –así como algunos episodios fortuitos de su historia personal- como claves en la gesta de haber sistematizado, dotado de un orden y de rigor científico a una serie de ideas que ya se encontraban presentes en otros ámbitos del saber humano como la filosofía, la literatura y la mitología.  Hasta Freud los síntomas, los sueños, los olvidos y los equívocos no ocupaban (“a pesar de existir”, como bien decía Charcot) un lugar relevante para la ciencia. Sólo a partir de su intervención se empezó a considerar

a) lo anímico como determinado por fuerzas ocultas, desconocidas para el yo, que tienen un fuerte ligamen con la sexualidad y

b) los síntomas neuróticos como dotados de una lógica pasible de ser descifrada, analizada y a su vez que esta tarea –si bien ardua y laboriosa- ofrecía como recompensa nada menos que su disolución.

En este sentido, Freud aportó lo que tal vez nadie a la comprensión del alma humana: la hipótesis de que un determinismo rige lo anímico y que el padecimiento psíquico y corporal (que constituyen, como lo expresa el propio Freud, una misma realidad percibida desde diferentes ángulos) se encuentran determinados por aspectos de la personalidad ajenos a la razón consciente. “El yo no es amo en su propia casa”: sobre esta hipótesis fundamental (el inconsciente) Freud fundó el psicoanálisis como parte de la psicología y como método para el tratamiento de las neurosis. El segundo pilar de nuestro “trípode” se relaciona con el método de trabajo. Nos referimos, en este sentido, tanto al método de investigación como al método de tratamiento. Tengamos en cuenta que, desde la perspectiva de Freud, el esclarecimiento y la comprensión de los conflictos reprimidos que se ubican en la base del padecimiento neurótico, coincide con el alivio y con la consecuente cura. Esta afirmación es válida tanto en el plano individual/subjetivo como en el plano social/colectivo. Recordemos a este respecto la célebre frase pronunciada, entre otros, por el ex presidente argentino Nicolás Avellaneda: “los pueblos quedesconocen su historia están condenados a repetirla”.
A la hora de hablar del método, un concepto central es el de encuadre. Por encuadre entendemos una serie de reglas preestablecidas que regulan la relación entre analista y analizado a fin de que el campo de observación y de intervención se encuentre lo más limpio y ordenado posible, es decir, libre de “contaminaciones” que perturben la tarea y las metas planteadas. Nos referimos, más específicamente, a una serie de requisitos que orientan la práctica psicoanalítica tales como: la asociación libre (regla fundamental) por parte del paciente y su contrapartida, la atención flotante, por parte del psicoanalista; la regla de abstinencia; el uso del diván; las consideraciones acerca de la duración del tratamiento y la frecuencia de las sesiones; el manejo de los honorarios y otras varias recomendaciones recogidas y transmitidas por Freud a lo largo de su experiencia en el ejercicio de la psicoterapia. El método psicoanalítico tiene como corolario la interpretación y la construcción, dos modalidades de intervención propuestas por Freud, mediante las cuales se procura hacer consciente lo inconsciente.

En Contribución a la historia del Movimiento Psicoanalítico, Freud afirma que la doctrina de la represión es la “pieza fundamental” sobre la que descansa todo el edificio del psicoanálisis. Esto equivale a decir –a grandes rasgos- que es lo negado de la propia historia (aunque efectivamente acaecido) aquello que, en última instancia, enferma a una persona. En su trabajo interpretativo destinado a esclarecer los afectos negados y a favorecer que el paciente entre en contacto con estos, Freud refiere haberse topado con dos fenómenos: la resistencia y la transferencia, par dialéctico que constituye el tercer y último pilar de nuestro “trípode”. “La teoría psicoanalítica es un intento por comprender dos experiencias que, de modo llamativo e inesperado, se obtienen en los ensayos por reconducir a fuentes biográficas los síntomas patológicos de un neurótico: el hecho de la transferencia y el de la resistencia. Cualquier línea de investigación que admita estos dos hechos y los tome como punto de partida de su trabajo tiene derecho a llamarse psicoanálisis, aunque llegue a resultados diversos de los míos”.

Según Freud, los síntomas neuróticos “sólo pueden ser disueltos a la elevada temperatura de la transferencia”. Por ende, si quiere estar en condiciones de “conmover el Aqueronte”, el psicoanalis ta ha de intervenir no desde el lugar frío y objetivo del médico imparcial sino que ha de estar dotado –para el paciente- de la significancia afectiva que la transferencia le confiere. Ahora bien, cuando la transferencia, operando de manera exitosa, consigue “hacer presente al enemigo” ¡todos los polos del conflicto anímico se hacen presentes! También se actualizan, como es de esperar, los motivos que, originariamente, esforzaron ciertas mociones al desalojo. Así pues la transferencia (en tanto reedición desplazada de los conflictos pretéritos sobre la figura actual del psicoanalista) y la resistencia (en tanto actualización del proceso represivo originario que derivó en la enfermedad) constituyen dos caras de una misma moneda: la re-vivencia, en el aquí y ahora de la consulta psicoterapéutica, de un drama atemporal, que acompaña al sujeto desde siempre. Es entonces natural que Freud sitúe sobre la dinámica que transcurre entre estos dos vectores (transferencia-resistencia) un proceso que denominó de diferentes maneras a lo largo de su obra: “hacer consciente lo inconsciente”, “superar las resistencias”, “llenar las lagunas mnémicas”, “transformar la repetición en recuerdo”, “interpretar la transferencia”, “restituir la unidad psíquica” o lograr que “allí donde ello era, advenga el yo”, todas definiciones que –aunque con diferentes matices – se orientan en una misma dirección: mediante la intervención de ese “personaje inesperado” que es el psicoanalista – se busca operar una re-significación de la historia subjetiva que permita trascender esa “rueda de Ixión” que es la repetición neurótica y que le imprime un tono demoníaco y fatal al destino de una persona.